miércoles, 25 de mayo de 2016

Publicidad y decapitaciones

Un par de estudiantes le pidió la semana pasada si podía dedicar parte de una clase a explicarles qué es eso del Ejército Islámico. Él los había alentado a que consideraran la materia como un territorio abierto para tratar cuestiones de la actualidad, aquellos temas que verdaderamente les interesaran, pero una vez planteada la inquietud le da miedo que el punto en cuestión desbarranque hacia el comentario de morbosas decapitaciones en video y malos asuntos por el estilo.

De pronto, en una página del diario de hoy, se topa con una perspectiva absolutamente diferente y mucho más sustanciosa para debatir el punto. Ocurre que, según reportó el diario The Financial Times y reproducen los periódicos nacionales, Muhammad Jibril Abdul Rahman, también conocido como el Príncipe de la Yihad, contrató los avisos de Google para su página Arrahmah.com, plataforma desde la que se regodea proyectando al mundo las ejecuciones periódicas bárbaras de todos esos infieles que levantan el dedo o la palabra contra el fundamentalismo islámico.

Al parecer este indonesio, a quien además se acusa de financiar los atentados suicidas de 2009 en Yakarta, obtuvo gracias a Google miles de dólares en ingresos publicitarios. También recaudó buen dinero gracias a otros anunciantes, como Microsoft, IBM y Citigroup, tres de las multinacionales con avisos en la página que ahora se ven envueltas por un escándalo de relaciones públicas. Aunque las que quedaron peor paradas probablemente hayan sido la mencionada Google y AdSense, su servicio de publicidad. La automatización de AdSense, que le ha permitido a Google una posición dominante en el mercado publicitario de Internet, con un costo mínimo de personal, e hizo llover sobre Rahman maná verde.

No hay ninguna evidencia, al menos por ahora, de que los anunciantes tuvieran conocimiento del lugar que transitaban sus avisos. De otra manera, en Estados Unidos se enfrentarían a multas millonarias en dólares o penas de hasta 20 años de cárcel.

Publicidad a los costados de filmes de lapidaciones y cuellos cortados malamente. Cosas del capitalismo seductor que ni siquiera los más ortodoxos pueden resistir.


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