viernes, 21 de noviembre de 2014

Laberinto educativo: un recorrido profundo por la compleja realidad de las escuelas bonaerenses

(Por Ramiro Sagasti y Jesús Cornejo, desde La Plata. La Nación, domingo 16 de noviembre de 2014)- El sol de noviembre recalentaba los criaderos de pollos del barrio El Peligro de esta ciudad, tan cerca de la escuela primaria 123, y un hedor compacto saturaba la atmósfera. Es un edificio relativamente nuevo, luminoso, con el frente de ladrillos a la vista. Los 600 alumnos y sus padres, las maestras, los directivos y los auxiliares, los funcionarios bonaerenses, todos debían estar contentos a principios de 2012, cuando la escuela se mudó a esa construcción, a unos 200 metros de la ruta 2, a la altura del kilómetro 43,800.

Pero las cosas cambiaron rápidamente. El salón de usos múltiples (SUM), donde desayunan y almuerzan unos 350 chicos, enseguida se llenó de gorriones y de moscas. Nubes de moscas que chocan contra los vidrios y provocan ese zumbido permanente que hace vibrar el aire. Afuera. Adentro. En la cocina.

"Esos puntitos no son de óxido -precisó una de las mujeres que se encargan de la cocina a un funcionario del Área de Infraestructura del Consejo Escolar platense-. Son cagadas de moscas. Están por todas partes. Es un asco." 

El funcionario echó una ojeada a su alrededor: esos diminutos puntos ocres estaban adheridos a los vidrios, las puertas, las paredes, los artefactos de luz. El hombre recibió las quejas de las docentes, la secretaria y las auxiliares. Abrieron el mueble bajo la mesada para mostrarle la palangana que contiene el goteo de la bacha; señalaron las aureolas que la humedad dibujó en el techo y el agujero en el cielo raso que dejó la primera lluvia, las filtraciones justo encima del tablero de la luz?

"Si no arreglan las cosas no vamos a cocinar más", advirtió la auxiliar. Una compañera le recordó el día en que un gorrión aterrizó en la olla y tuvieron que tirar la comida. Otra acotó que estaba cansada de limpiar a cada rato la suciedad que dejan los pájaros. Allí, entre las moscas y los pájaros, comen los chicos, frente a un patio casi sin sombra, donde el pasto ya crece entre las juntas de las baldosas. Parece que nadie puede frenar la degradación. La directora de la escuela -recordaron- pidió carpeta médica y la vice renunció.

"El deterioro es permanente y exponencial. Si bien se han hecho obras, muchas veces están mal hechas: los techos se llueven, no hay agua o no anda la caldera", sostuvo el presidente del Consejo Escolar platense, Juan Manuel Isasi. Y éste, el de la escuela 123, es uno de los ejemplos más cabales de la fragilidad de las obras gubernamentales. En efecto, ese establecimiento se llueve; no hay agua potable, por lo que deben abastecerse con bidones, y sólo colocaron dos calderas domésticas que no alcanzan para entibiar las aulas en el invierno, más crudo en esa zona descampada del suburbio platense.

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