martes, 30 de septiembre de 2014

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre la religión y no se atrevía a preguntar

Lo que terminó de empacharlo de mal humor debe haber sido la sobredosis del especialista en “asuntos del Vaticano”, a quien le otorgan cada vez más espacio y tiempo en los noticieros. O la cámara fija en la diminuta carta manuscrita con el Papa Francisco invitó a sus almuerzos a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para dialogar sobre el futuro del país.

En fin, lo cierto es que ya podrido que entró en la clase del nocturno de La Boca y sin que mediara palabra o explicación se lanzó a decir lo suyo. Finalmente se espera de él, al menos así lo dicta el sistema y la institución, que forme en términos de la convivencia ciudadana a los alumnos que el azar puso en su aula, ¿no? Y el único modo verdadero de cumplir tal función es ser honesto. De modo que casi poseído se detuvo a analizar los sustantivos propios y comunes que amontonaba en el pizarrón. Muchas palabras que de a poco se iban resumiendo en pocas, empujadas por los flechazos que comenzaron a unir unas con otras hasta ilustrar con claridad los lugares comunes que atosigan del peor sentido común la vida diaria.

Hablando franca y directamente lo que más lo pudre últimamente es la carrera que se ha desatado entre los políticos del oficialismo y de la oposición para ver quién llega antes a pie descalzo hasta la Santa Casa para demostrar mayor devoción a la noble causa papal, sea ésta cual fuera.

Como carecen de esa información -ni siquiera saben todavía de qué les va a hablar-, sus alumnos se muestran sorprendidos. Sucede que están acostumbrados a introducciones y protocolos que buscan siempre poner en foco el tema a tratar, y esta vez el envión histriónico impidió que hubiera prólogo alguno.

Estuvo tentado de abrir la clase escribiendo en la parte de arriba del pizarrón, como titular sensacionalista y disparador salvaje, “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre la religión y no se atrevía a preguntar”, pero se contuvo; quizás aterrado por el excesivo pensamiento. Según leyó el otro día en un cuaderno de apuntes de Charles Baudelaire: no se puede ser así de sincero.


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