martes, 9 de septiembre de 2014

Libertad, de Jonathan Franzen

Jonathan Franzen, Libertad, novela, Barcelona, Salamandra, "Narrativa", 2011, 666 páginas, traducción de Isabel Ferrer.

Nos dedicamos más o menos prolijamente a leer esta voluminosa novela porque nos dieron como referencia las obras de John Irving y, bueno, valía la pena intentarlo. Hablemos ahora sobre los personajes.

La primera impresión que nos causó esta Libertad fue que sus caracteres principales -básicamente el matrimonio de Patty y Walter, sus hijos, el amigo Richard- se mostraban como seres excesivamente determinados por los avatares epocales y ciertos patrones sociales de trazo grueso que se cierran sobre una cantidad memorizable de tópicos característicos (y por lo tanto algo demagógicos, aunque quizás bien del disfrute por parte de cierto público medio norteamericano). O sea: la ecología, el roquero maldito y experimental, los hijos que no siguen los caminos que sus padres desean, progresistas y republicanos, los Bush e Irak, los jóvenes conservadores que no desprecian ni el dinero ni el consumo, en fin.

Así presentada la frustración inicial vale señalar, como contrapartida y proporción del juicio, que -al revés- un aspecto que nos deleita de los relatos de Irving, o de  buena parte de ellos,  es que sus nobles criaturas aparecen dislocadas en relación al "mundo" que los alimenta. El mundanal ruido siempre está, y cómo, allí afuera, bien presente, pero no alcanza a iluminar de manera inmediata y mecánica los espíritus y cuerpos que llevan adelante la acción.

En el momento que atravesamos las cuatrocientas páginas y restaba todavía más de un tercio, comenzamos a advertir que Jonathan Franzen también tiene lo suyo y la salsa se había ido espesando un poco. En fin.

La moraleja obtenida podría sintetizarse en algo así como que los personajes de la novela existen en un delicado y cambiante equilibrio entre el adentro y el afuera, la determinación y la libertad. Georg Lukács hubiera dicho que se trata de la dialéctica entre los polos de la subjetividad y la objetividad, y tendría razón, aunque queremos apartarnos del énfasis tan definitivo de sus sentencias, para abrir precisamente el espacio dificultoso con que la varita mágica del valor decide que a veces sí y a veces no. Pero esto, claro, da para una charla bien extensa y aquí se trata meramente de dejar un apunte.


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