lunes, 25 de mayo de 2015

Que viva la patria

Ahora que es a él a quien le toca organizar para la escuela el acto de este 25 de mayo, se acuerda riendo, mientras viaja en el colectivo rumbo a la escuela, de otro, hace mucho, uno que le tocó protagonizar cuando recién alcanzaba los nueve años.

Sucedió que la maestra que le había tocado en suerte estaba decidida a lucirse, de modo que se le ocurrió encarnar en aquel diminuto escenario a toda la Primera Junta y los también los sucesos previos a aquella gran jornada, y con visos de verdadero realismo.

A él lo seleccionaron para hacer de Domingo French, y otro pibe, que se sentaba atrás y con el cual jamás había cruzado palabra, debía encarnar a don Antonio Beruti. O a lo mejor fue al revés, porque French y Beruti, o Beruti y French, los dos siempre han estado soldados en esa especie de palabra compuesta cuyas porciones son inescindibles.

Les pintaron las patillas con corcho quemado y las madres con sus hábiles tijeras y agujas se las ingeniaron para convertir unos sacos viejos y en desuso en prendas típicas de prócer colonial. Pero el detalle que todo lo empujó hacia el abismo fue ese afán de verdad histórica en que la docente a cargo se empecinó.

De modo que en lugar de andar distribuyendo escarapelas grandes y redondas compradas en el quiosco de la esquina, estos French y Beruti debían -como "realmente ocurrió"- entrar a escena con una canastita llena de cintas celestes y blancas, plegarlas y prenderlas con un alfiler al pecho de quienes gritaban que el pueblo quería saber de qué se trataba...

La misión fue engorrosa, traumática, frustrante y finalmente imposible. De modo que los diminutos clones de Beruti y French después de fallar un par de veces y pincharse los dedos, optaron por entregar las escarapelas originales en mano y escaparse del fragor de las luces, los comentarios y las risotadas de los padres y demás alumnos, que por cortesía sólo sofocaron las burlas un par de minutos.

Mientras se lanzaban corriendo escaleras abajo, French -o sea él-, o quizás Beruti, alcanzó a escuchar que su compañero, que corría detrás de él casi pisándole los talones, susurraba como una plegaria laica: "¡Que viva la patria!".


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