martes, 30 de noviembre de 2010

Un episodio en la vida del pintor viajero, de César Aira

César Aira. Un episodio en la vida del pintor viajero. Rosario: Beatriz Viterbo, Colección “Ficciones”, 2003. 92 páginas.

En un corto ensayo titulado “La nueva escritura” César Aira ofreció una resumida biografía del género novela. Allí describe inicialmente el ciclo de constitución y afianzamiento de la llamada “novela profesional” (Honorato de Balzac, Charles Dickens, Leon Tolstoi...), verdaderos colosos que escribían a toda hora del día y dejaron para la posteridad y el placer de los lectores centenares de obras. Pero en el período inmediatamente posterior, explicaba Aira, la historia empieza a  trajinar cuesta arriba; escribir se convierte en un penoso esfuerzo, una enfermedad: Gustave Flaubert apenas puede con media docena de títulos; Marcel Proust escribe una sola e infinita novela que no alcanza a ver publicada en vida; James Joyce dos... En opinión de Aira las vanguardias estéticas irrumpen en las primeras décadas del siglo XX en auxilio de los artistas; empujan los vagones ayer nomás atascados hasta la cima y aceitan las ruedas para que, de allí en más, lo difícil vuelva a ser sencillo, vértigo, caída libre.
La facilidad, claro, pone en riesgo la existencia misma del escritor, puesto que quita la tarea de inventar ficciones de las manos de los “profesionales” y la devuelve al conjunto: cualquiera puede hacerlo (“La poesía debe ser hecha por todos, no por uno” reza la muy conocida frase del Conde de Lautremont que Aira cita como argumento). En este contexto se deben, en consecuencia, ubicar las varias decenas de novelas que Aira escribió desde su Moreira, de 1975, además de artículos y ensayos sobre Copi, Alejandra Pizarnik y un diccionario de autores latinoamericanos. Malicioso, un chiste de estudiantes de letras compara al escritor con el Litto Nebbia de comienzos de los ochenta.


Algunos especialistas -aunque sin mucha convicción y con cierta incomodidad, es verdad- indican que allí estaría el truco del escritor: en la muestra de una gozosa y exagerada capacidad de fabulación todoterreno que se regodea en la facilidad de la escritura y, de paso, burla las exigencias de excepcionalidad. Ahora bien, ¿esto es un valor? Si lo fuera, pues Nebbia al igual que otros muchos deberían realizar similar reclamo.
Un episodio en la vida del pintor viajero es un relato que se presenta con la forma de una biografía comentada, casi como las que acompañan los catálogos de las muestras de artes plásticas. Se trata, precisamente, de la vida de Johan Moritz Rugendas (1802-1858) quien recorrió, al comienzo de la mano del naturalista Alexander von Humboldt, buena parte de la América recién independizada, desde México hasta Brasil, Chile y la Argentina, y testimonió con su arte los más diversos paisajes continentales, sus animales y plantas, sus tipos humanos.
A lo largo esa travesía el relato focaliza sobre el épico viaje -digno de la leyenda sanmartiniana- con que Rugendas y su compañero Robert Krause, más la guía de baqueanos chilenos, pretenden unir Mendoza y Buenos Aires. Después de varias desventuras y tras la obsesión de toparse con un malón (un motivo ya clásico en Aira), en medio de la pampa un rayo intempestivo fulmina Rugendas y su caballo en una escena concebida en cámara lenta y con las formas descriptivas del dibujo animado. La escena suministra al relato esa “suave, instantánea inyección de eternidad” que se mentaba en la contratapa de La luz argentina (1983), aleja el relato de la discusión sobre la posibilidad de representación del mundo y lo transporta hacia el borroso límite que serpentea entre sueño y vigilia.
Un episodio en la vida del pintor viajero se ubica a mitad de camino entre los mejores textos de Aira, como La luz argentina ya mencionada, y aquellos de menor interés que comenzaron a sucederse una década después, como La guerra de los gimnasios (1993). De cualquier modo hay razones poco espirituales que esta vez inciden a la hora de recomendar o no su lectura: que la editorial y las librerías criollas pretendan los mangos que pretenden por ochenta paginitas es, para ser medidos, una barbaridad.


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