martes, 30 de noviembre de 2010

Saquen una hoja...

(El que habla es un hombre de entre treinta y cuarenta años; está vestido más o menos formalmente, con un saco, aunque es visible que se trata de ropa de segunda calidad y muy usada. Se estira sobre la silla y enciende un cigarrillo, antes dejó sobre la mesa grande su portafolios de cuero marrón. Es un docente de escuela secundaria que cuenta una anécdota divertida para sus imaginarios colegas -que cada tanto se confunden con el público- durante un recreo en la sala de profesores.)

-Es varón, y los varones no se andan fijando en cosas como los útiles. ¿Quién podría tener tiempo para pensar en cosas como los útiles? De última, cada vez que necesita algo le pide a algún compañero, siempre hay alguno cerca y si el mangazo no recae sobre el mismo es difícil que le planten un “no” en la cara. Pero esta vez -yo doy Física, ¿saben, no?-, esta vez fui terminante, así que la astucia le indicó al pibe que por una vez más vale aflojar. Les dije: “El jueves ni bien yo llego ustedes sacan la hoja, yo primero dicto unas consignas, después paso los temas fotocopiados y se ponen a trabajar en silencio. Es la nota que cierra el año y conviene que aprovechen bien los ochenta minutos para resolver los problemas y revisar bien todo al final. Ah, y no quiero que ningún vivo empiece a pedir hojas a los gritos, ¿estamos? Cada uno se viene preparado con tres hojas de carpeta por lo menos, y listo...”.


Me imagino que fue entonces que el pibe –Vázquez, Sergio, ¿no?-, que está haciendo equilibrio con más de una materia entre diciembre y marzo, decidió que era prudente deponer algunos principios y le pidió a la madre que le trajera de vuelta del trabajo un block chico de Rivadavia número tres. Como que hay un dios que lo que más rabia le daba era tener que comprarlas ahora, cuando el año escolar ya casi terminó, pero, claro, seguro que calculó que el esfuerzo no era mucho si lo que está en juego son unas vacaciones más o menos largas y en paz.
Bueno, llega el jueves y a las nueve en punto entro al aula y lanzo como un locutor de noticiero las palabras previstas, y ahí nomás veo de costado cómo el chico manotea las hojas rayadas de su mochila descosida. Yo agarro las mías del portafolios (Ahora el tono se vuelve más lento y enfático.) y voy a empezar a dictar pero de golpe me paro porque lo ve a Vázquez, Sergio, todo sudado y con la mano en alto... Bajo la hoja, lo miro y con cara y tono de pocos amigos le pregunto: “¿Qué pasa, Vázquez?”, y el chico contesta, más que a mí hacia el aula: “¿Alguien tiene una lapicera de más?”.


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