viernes, 26 de noviembre de 2010

Muerte del chico esclavo que se dormía en la clase


Ezequiel Ferreyra llegó desde Misiones a fines de 2007. Lo hizo de la mano de sus padres quienes fueron tentados por un “reclutador”  que cobra 2.500 pesos por cada familia que logra “persuadir”, tarea que a veces resulta sencilla cuando la desesperación es mucha. Gracias a estos servicios el emprendimiento avícola Nuestra Huella, de la ciudad de Pilar, consigue sus empleados.
La promesa era cambiar la pobreza extrema por un trabajo estable y una casa segura. Pero al llegar a Buenos Aires se encontraron con una situación bien distinta. El tope de producción que les impusieron a los mayores era imposible de cumplir sin involucrar al resto del grupo familiar; algo que los capataces ayudaron a que los Ferreyra comprendieran de inmediato, puesto que si ese tope no se cumplía el peligro era quedar sin trabajo y en la calle, y encima a muchos kilómetros del lugar de origen y los conocidos que pueden acercar una mano.
Así, pues, la corta vida de Ezequiel transcurrió la mayor parte de su tiempo entre la sangre y la mierda de las gallinas, llevando y trayendo con sus manos y respirando de continuo los venenos cancerígenos que la empresa les alcanzaba para el tratamiento de los animales.
Las muchas y continuas denuncias acerca de lo que ocurría en Nuestra Huella no fueron suficientes para que la jueza Graciela Cione (Garantías en lo Penal de Campana) y el juez Adrián Charbay (Federal II de Zárate y Campana) intentaran impartir un mínimo de justicia en las causas que se tramitan por reducción a la servidumbre, trabajo infantil, trata laboral y tráfico de personas.
Cuando terminaba el septiembre pasado, Ezequiel se desmayó y fue llevado de urgencia al hospital, donde a las pocas horas murió por las derivaciones del tumor cerebral que ocupaba su cabeza. Tenía seis años. Las maestras de la escuela decían que el chico se dormía en clase.

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