jueves, 4 de octubre de 2012

Qué disgusto, por Martín Kohan


Hubo mucha palabra desparramada acerca de la visita de Cristina Fernández de Kirchner a las aristocráticas universidades estadounidenses. Alguna más interesante que mucha otra, como el texto que sigue, que el escritor argentino Martín Kohan publicó en el diario Perfil. Cortito, sentido y al pie; si no: lean.
 
Los nenes bien de Harvard y la señora bien de El Calafate se trenzaron la otra noche, y fue un disgusto para todos. Ellos jugaban de locales y por eso tenían tribuna, pero ella es una Presidenta y el poder es una cosa que se siente. A ellos les tocó el bien, pero una forma desafortunada del bien: lo biempensante, cuyas convenciones se les imparten con frecuencia en las aulas. Ella en cambio se instaló en el mal, pero en una forma insolente del mal: el maltrato petulante.
Por morbo no cambié de canal. Los vi olfatearse las colas, es decir, los dólares: ¿cuánto vale la cuota del mes en una universidad como ésta?, se inquietó la mandataria. ¿Qué fortuna amasó ella, y cómo, en su gestión de gobierno?, deletrearon en papelitos y la apuraron. A ustedes dólares no les faltan, insinuó quien nos representa; pero a usted –según parece– le sobran, le dieron en cambio a entender.
A mí los desplantes me gustan mucho, y que pongan en jaque a los poderosos me gusta mucho también. ¿Por qué entonces la otra noche la pasé tan mal, hasta el punto de pensar en cambiar y pasarme a Tinelli o equivalente? Porque los desplantes solamente me gustan cuando no van del púlpito hacia abajo. Y a los poderosos se los pone en jaque sin las lecciones recitadas de lo políticamente correcto.

En lo más alto de mi podio personal siguen estando estos otros dos desplantes, que fueron a la vez un desafío al poderoso: la vez que Luis Zamora, diputado nacional, le dijo en la cara a George Bush padre, presidente de los Estados Unidos, que llegaba al Congreso argentino con las manos manchadas de sangre; y la vez que Jorge Altamira mandó a laburar a Richard Handley, entonces máximo representante del Citibank, el peor de los destinos posibles para un hombre de esa calaña.

Esta otra noche, en cambio, lo único que me inspiró simpatía fue la Universidad de La Matanza.


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