jueves, 4 de octubre de 2012

La solidaridad como escozor (y que se rasque el que le pica)


Existen conceptos -quizás la calificación sea excesiva-, palabras que pertenecen a esa especie de la abstracción difícil de capturar con una definición o significado preciso. Por esa razón la búsqueda de su sentido (su uso) se dispara en las direcciones más diversas; destinos que, por lo general, ni bien se los analiza un instante, posibilitan descubrir la hilacha del universo ideológico o político del que se nutren. Así ocurre con solidaridad.
Es claro que muchos de nosotros escuchamos la alocución por primera vez en esas convocatorias que la radio y la televisión cada tanto reproducen cuando, por ejemplo, se necesitan dadores de sangre para alguien que está a punto de ser “intervenido quirúrgicamente”. De seguro fueron los padres, algún hermano mayor o la maestra quien explicó en aquella ocasión y frente a nuestra curiosidad instantánea qué quería decir “llamado a la solidaridad”.
Quizás también nos topamos con el vocablo en alguna de las paredes de una iglesia, en cierto afiche que convocaba a donar ropa para el Día del Niño o la Navidad, o buscaba acercar gente a la campaña nacional de Cáritas. O sobre el papel en que imprimen sus rifas los bomberos voluntarios de la zona.
No hace mucho a alguien que cinchaba por entrar en el colectivo, que cada vez tarda más en llegar y con mayor carga humana, se le escuchó gritar: “Vamos, viejo, córranse, por favor; hay que ser un poco más solidario con  los que recién salimos de laburar y queremos llegar a casa…”.
Que hay un uso más político, puede conjeturarse, se advierte cuando en la escuela empieza el recorrido por los grandes mojones de la historia patria. Casi con seguridad está ligado al pueblo criollo que se levantó frente a los Invasiones Inglesas o lo perdió todo para derrotar al ejército español en tiempos del ahora bicentenario Éxodo Jujeño.
En fin, únicamente ecos positivos que al parecer se afianzan desde siempre gracias a su resonancia religiosa y de trascendencia.


 Sin embargo, tiempo más tarde aprendimos algo que volvemos a ratificar estos días a partir de que la toma de los colegios porteños se desató como una tempestad que no cesa. Sucede que hace unas dos semanas que se pueda escuchar a funcionarios locales y nacionales y a decenas de analistas, comentadores y periodistas insistir en que, en realidad, los colegios técnicos que están ocupados por sus alumnos son dos o tres, y que el resto fue decidido por otros estudiantes secundarios “en solidaridad” con los directamente involucrados.
Como ocurre con la monserga que se repite mecánicamente cuando son los estudiantes universitarios quienes cortan una calle céntrica en apoyo a los despedidos en una fábrica o las organizaciones piqueteras se arriman a las bocas del subterráneo o las estaciones del ferrocarril para apuntalar la pelea que llevan adelante los trabajadores del riel, la solidaridad adquiere entonces, de golpe y porrazo, una tonalidad oscura, pecaminosa. Vendría a querer decir algo así como: “meterse en lo que no corresponde”
La conclusión obligada, por supuesto, es que uno no se mete en lo que no le corresponde porque sí, sino porque, aunque lo oculte, en el fondo persigue alguna finalidad u objetivo. Ya sea consciente (aprovecharse políticamente, la persecución de una meta destituyente, un afán desestabilizador) o inconsciente (hacerle el juego a la derecha, pongamos).
Es evidente que no se trata de la única conclusión posible. Podría pensarse que, después de establecer un cálculo de los tiempos por venir, la guía práctica que empuja la acción solidaria es la del refrán “Hoy por ti, mañana por mí”. Aunque también, por qué no,  cabe la interpretación más noble, aquella que no inspira ningún agitador socialista sino el ilustre Immanuel Kant, y dice que las acciones mejores desde el punto de vista moral son aquellas que se llevan adelante alejadas de cualquier interés propio. El impulso social más puro y profundo.


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