lunes, 2 de diciembre de 2013

El rostro de la tapa del primer disco de Almendra


La buena noticia que el mes de noviembre trae consigo es que el dictado de las clases se afloja y vuelve menos exigente, la mala noticia es que la pila de exámenes y trabajos para corregir se vuelve infinita. Más o menos sentencias consolatorias de este tipo son las que rondan su cabeza; “dignas de Blaise Pascal”, se dice casi como para demostrarse que por algo sigue siendo profesor de Filosofía.

La conclusión fue inevitable ni bien advirtió -mientras se desperezaba esta soleada mañana de sábado- que la caja de cartón gris manchada de grasa, que anoche mismo albergaba una sabrosa pizza mitad clásica muzzarella mitad pasables anchoas, ahora se ha convertido en una suerte de dique que contiene y esconde la catarata de desordenadas hojas de papel que no querría ni ver.

Qué se le va a hacer, concluye resignado mientras prepara el mate y riega la macetita que cuelga de la baranda de hierro que cierra el balcón. Y después mira alternativamente el sol y la plaza de enfrente, como quien pide perdón. Su corazón está seguro de que si en este instante se mirara en el espejo se encontraría con el rostro que sirvió de modelo a la tapa del primer disco de Almendra.


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