sábado, 11 de junio de 2011

Metrobús

Ni bien se enteró de que el metrobús pertenece a una fauna de carácter internacional conocida por su sigla en inglés BRT, o sea Bus Rapid Transit, se prometió que sería de los primeros en subirse y probar. No se trataba de ningún gesto de aprobación al macrismo o que desconociera la maniobra electoral escondida en el baúl del novísimo transporte público, no, más bien tenía para él la forma de una aventura kitsch que, de paso, le permitiría confirmar lo que ya sabe con pesimismo de viejo pese a su adolescencia: que en esta bendita urbe porteña todo acto de gobierno siempre es para peor.
Así que aunque ni siquiera lo deja cerca de su casa y tiene que caminar bastante corre a tomarlo a la salida del colegio. Anticipando las preguntas que su mamá le tiene preparadas junto al almuerzo lleva nota mental y va tildando: cumple más o menos con su objetivo, es una obra pensada y concretada en los tiempos y necesidades electorales, responde a una demanda efectiva de mejora del transporte público, se desliza por una vía cuyas características son favorables para este modo de transporte, lejos está de solucionar los problemas de congestionamiento del área metropolitana, se trata de una fórmula pensada para ciudades con otras características; en fin,  la construcción de una barrera física en la avenida de seguro traerá consigo más inconvenientes que beneficios,
Se sienta a la mesa y con los fideos llega finalmente la interrogación curiosa: ¿Y? ¿El metrobús va a funcionar o no? Mientras traga el primer bocado gigantesco enrollado al tenedor piensa antes de largar palabra: y sí, funcionar va a funcionar, pero al precio de volverle la vida imposible al resto de los mortales que intenten transitar por la Juan B. Justo.


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