miércoles, 25 de mayo de 2011

Malambo universitario

Lo peor que tiene el Ciclo Básico Común es ese río constante que sube desde el piso de cemento con una paciencia implacable. Al principio, cuando arranca la clase, no se nota mucho; uno se sienta en su banco, se acomoda con su cuaderno, lapicera y libros y atiende lo mejor que puede la exposición del profesor y de vez en cuando se anima con alguna pregunta. Esa normalidad pedagógica dura hasta que el entumecimiento helado se apodera de los pies y comienza su acenso implacable, se convierte en nube de vapor que sale de la boca y termina por nublar toda capacidad de interés y atención.


Ni que decir de la situación de parcial, cuano se apagan los movimientos grupales y las llegadas tarde, nadie habla y cada uno encerrado en el mundo de la memoria personal se enfrenta a las consignas planteadas para su resolución. Ni siquiera la inyección de adrenalina que supone la situación de examen sirve para conjurar la temperatura en descenso toda vez que ya se acerca junio y el invierno.
Así que escribe hasta que los dedos aguantan estirando los dos o tres conceptos que su cabeza ha conseguido capturar y desenredando los cálculos y porcentajes que las respuestas exigen.
Después sale al pasillo y se larga a zapatera para arrancar el frío de las piernas como quien se desliga de un lastre dañino que le impide flotar y tomar el aire. Al rato levanta la vista y observa cómo otros iguales a él a medida que terminan los ejercicios salen disparados por la puerta y se suman al zapateo, rítmico para cada quien. De pronto parece que el mundo gira según las razones de ese malambo caótico e infinito que se impone como única fuerza concebible.


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